Touro, la mina de cobre y la otra “mina”

Galicia es una potencia minera de primer orden. Ya lo era en tiempo de los romanos, que pusieron en marcha explotaciones para extraer todo tipo de minerales, de algunas de las cuales aún quedan vestigios. La minería, incluyendo las aguas mineromedicinales y termales, es una importante fuente de riqueza y empleo cuya evolución, sin embargo, no ha estado condicionada únicamente por los avatares de los sectores industriales a los que provee, por descensos de la demanda, por agotamiento de recursos, etc, sino también, y en gran medida, por el crecimiento de la conciencia medioambiental y de la necesidad de defender los valores naturales y paisajísticos. Eso, y la capacidad de influencia del movimiento ecologista, es lo que lleva a amplios sectores de la población a mirar de reojo, a desconfiar o directamente movilizarse en contra de cualquier proyecto minero y sobre todo de los que comportan la puesta en marcha o la recuperación de las ahora denominadas “megaminas”.

Una marea de varios miles de personas recorrió estos días el casco viejo de Compostela hasta desembocar en una multitudinaria y animada concentración en la Praza da Quintana contra la megamina de cobre de Touro-O Pino, en la coruñesa comarca de Arzúa. Decenas de organizaciones y colectivos de todo tipo y de casi toda la comunidad organizaron esta protesta con el fin de reclamar a la administración competente, la Xunta de Galicia, que deniegue la autorización de la que está pendiente la empresa promotora. Cobre San Rafael, que así se denomina la compañía, responde a la manifestación con un comunicado en el que insiste en su mensaje de tranquilidad para las poblaciones afectadas por el proyecto, manteniendo su oferta de transparencia y de diálogo a quienes de verdad quieran conocer en detalle lo que se pretende hacer para recuperar una mina que ya funcionó entre las décadas de los 70 y los 80 del pasado siglo.

El (todavía) gobierno Feijoo, que ya denegó la explotación de la mina de oro de Corcoesto, en Cabana de Bergantiños por incumplir los requisitos de la concesión, tiene en sus manos otra patata caliente. Cobre San Rafael, que dice que la de Touro no es ni de lejos una megamina, asegura que su proyecto se ajusta a todas las exigencias -no solo medioambientales- de un complejo minero del siglo XXI y se pregunta por qué en Galicia no es posible una minería tan moderna como la que se hace en los países nórdicos. Y se afana en desmentir el riesgo de que se pueda reproducir aquí una catástrofe ecológica como la que originó la rotura de una balsa de residuos contaminantes en Aználcollar. Ese, el del miedo, es uno de los fantasmas que agitan los detractores de este proyecto minero.

La mina de Touro también tiene quien la defienda. Son voces que, precisamente por ir contra corriente, no se escuchan tanto como las de los que se oponen a ella, pero que también están ahí. Su principal argumento es que la explotación minera, en la que se prevé una inversión de 200 millones de euros y que generaría unos 400 empleos directos, constituye una oportunidad de futuro para una zona de la Galicia interior en franco declive demográfico. Y subraya que las labores de extracción del cobre no tienen por qué ser incompatibles con las actividades agrarias y ganaderas o con el dinanismo que genera el Camino de Santiago.

La empresa -dirigida por un gallego de Carballiño, con larga experiencia, Alberto Lavandeira- confía en que la Xunta se ciña a hacer cumplir la ley, que para eso está. Espera que no sucumba a la presión de los que, desde la calle, los medios y las redes, tratan de condicionar a la administración autonómica haciéndole creer que hay una mayoría social contraria a la mina que le podría hacer pagar un alto coste político si le da luz verde. A la vista está que la oposición política, que se dejó ver al máximo nivel en la manifestación, cree haber encontrado su “mina”, otra mina, enarbolando la bandera de la defensa del territorio contra los que supuestamente solo quieren expoliar sus riquezas. Resulta paradógico que algunos de ellos sean los mismo que reclaman que Galicia aproveche sus recursos endógenos, los propios, para desarrollarse y progresar. Qué más endógeno que un mineral de alto valor que hay que arrancar de las entrañas de la tierra…

 

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