Feijoo, un gallego no tan “gallego”

Mirándolo con perspectiva, convendremos en que a la genuina derecha madrileña en el fondo nunca le gustó Rajoy. A la derecha en general, a la sociológica, a la económica, también a la mediática. Afortunadamente para él tenía dos amigos al frente de los periódicos de la Villa y Corte: Su paisano Bieito Rubido en el ABC y Paco Marhuenda en La Razón. Eso le permitió ir capeando el temporal y resistir los embates del conservadurismo de línea dura que, aún hoy, tanto echa de menos a Aznar. De hecho, no pocas veces el propio Aznar se prestó a ser la voz ácidamente crítica y a poner palos en las ruedas, todo lo que fuera necesario, con tal de entorpecer la ejecutoria de Mariano, que cayó en desgracia a partir del momento en que se negó a ser la marioneta de quien le había ungido con los óleos sucesorios.

A los derechistas recalcitrantes, a quienes añoran Alianza Popular y el primer “fraguismo” (al último Fraga, el regionalista convencido, prefieren olvidarlo), Rajoy no les gustaba por esa forma suya de liderar “a la gallega” el partido y el Gobierno tan certeramente descrita por Antón Losada en su más que recomendable “Código Mariano”. Les ponía de los nervios un político aparentemente indolente (por no decir vago), incluso desdeñoso, sin carisma personal ni base ideológica definida, reacio a adoptar decisiones tajantes, que se tomaba las cosas con una calma a veces desesperante y que solía confiar en que el simple paso del tiempo le acabase resolviendo algunos de sus más graves problemas. El estafermo de La Moncloa llegó a denominarlo Pedro Jota Ramírez. Porque era alguien que simplemente estaba en los cargos para ocuparlos, no para ejercerlos.

Hubieran preferido a otro cualquiera. Esa gente nunca entendió que alguien como Mariano llegara a donde llegó. Les costó asumir pero acabaron asumiendo que su líder y el valedor de sus intereses podía ser un personaje cuya principal ventaja frente a sus rivales era hacerles creer que eran más listos que él, que hacía política sin que pareciera que la estaba haciendo y, como quien no quiere la cosa, sin alharacas, sin ponerse medallas, tomó las duras medidas que había que tomar para salvar a España del temido rescate y aplicó un modelo de recuperación económica socialmente regresivo que benefició precisamente y sobre todo a los sectores de su electorado que más recelaban de él.

Es a esa misma derecha a la que ahora no le importaría que al gallego Rajoy lo sustituyera al frente del Partido Popular otro gallego, Feijoo, porque no lo ven tan gallego. Don Alberto es visto en los más conspicuos círculos conservadores de Madrid como un político pragmático, con fama de expeditivo, incluso contundente, a la vez que previsible, con las ideas muy claras, alguien que casi siempre dice lo que se espera que diga. En resumidas cuentas: les inspira confianza entre otras razones porque se sabe perfectamente cuando sube y cuando baja de la dichosa escalera. En esos mismos ámbitos, ya no gusta tanto lo de la política lingüistica de la Xunta , el autonomismo de Feijoo y su nada conservadora ni convencional forma de enfocar su vida personal.

Mostrándose dubitativo, haciéndose de rogar, demorando su paso adelante para optar al liderazgo del PP, Feijoo correría el riesgo de desencantar a los que nunca comulgaron con el “marianismo”. Precisamente por ser una actitud muy gallega.. muy de Rajoy.

 

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