¿Regalleguizar el Partido Popular?

Feijoo lo tiene claro. Habrán de pasar muchos años antes de que un gallego vuelva a ocupar la presidencia del Gobierno de España. En todo caso, será alguien del PP o de la organización política 3.0 que surja de la más que probable, casi inevitable, segunda refundación de aquel partido que creó Manuel Fraga en la Transición con el nombre de Alianza Popular. El centro derecha español tiene ADN galaico. Su ideario, netamente conservador, se sustenta en los valores que tradicionalmente han caracterizado a la sociedad gallega, que siempre le ha dado apoyo electoral mayoritario a quienes se sitúan en esa zona del espectro ideológico. Eso es de lo que presumen los actuales dirigentes “populares” cuando proclaman que el Partido Popular es el que más se parece a Galicia.

Los ideólogos del “fraguismo” modelaron un PP a la medida de Don Manuel, avanzando en la línea personificada por Fernández Albor y diseñada por Barreiro Rivas. Un partido más democristiano que liberal y que, sin renunciar a la bandera de España, al españolismo, asumía un galleguismo moderado, heredero del viejo regionalismo de Alfredo Brañas, incorporándole lo esencial e ideológicamente neutral del “piñeirismo”. Así la Alianza Popular originariamente antiautonomista acabó desembocando en un partido arquitecto y garante del autogobierno gallego, y capaz de formular desde Galicia aquella idea de la “administración única” con audaces propuestas para perfeccionar y consolidar el estado autonómico.

Ese Pepedegá de Fraga, que tantas suspicacias levantaba en la calle Génova, es el que heredó Feijoo en 2006. Un tanto desideologizado y muy condicionado por la crisis, con él recuperó la Xunta tres años después, arrebatándosela al bipartito PSOE-Benegá. Y apartir de ahí, desde la Covadonga galaica, se fue abriendo el camino para que los populares reconquistasen La Moncloa y llegasen a acumular en apenas tres años las mayores cuotas de poder institucional que jamás había alcanzado en la España democrática partido alguno.

No es Feijoo el único; muchos otros “barones” y notables de este PP en horas bajas creen que Galicia, el más afianzado de los escasos bastiones regionales que le quedan, debe seguir siendo el modelo a seguir para el conjunto del partido. A día de hoy, después de lo ocurrido en Madrid o en Valencia por la plaga de la corrupción, perdido el Gobierno de España, la del Pepedegá es la más reconocida y reputada referencia del modo de hacer política y de gestionar una administración pública de la principal (o tal vez único) fuerza conservadora española. Dicho de otro modo, se extiende la idea de que sería bueno “regalleguizar” el Partido Popular, aprovechando la travesía del desierto que acaba de iniciar y la necesidad de resetear el proyecto. Claro que para eso no es imprescindible que Don Alberto desembarque en la política nacional. Hasta puede que contribuya más a la causa desde aquí, asegurándose de que el PP gallego mantenga el poder sin desviarse de la dirección correcta, de ese buen camino del que habla el lema de la Xunta. Sin embargo, no parece que a estas alturas a Feijoo le apetezca volver a enfundarse el traje de Don Pelayo.

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