Tui, el trasfondo de una tragedia

No fue nada para lo que pudo ser. Que únicamente se produjeran dos víctimas mortales en la explosión del almacén pirotécnico clandestino de Tui es casi un milagro a la vista de la destrucción que provocó la onda expansiva en una superficie equivalente a cien campos de fútbol. De su magnitud da idea que se registraran temblores significativos en varias estaciones de la red sísmica nacional y que llegaran a ser percibidos en la provincia de Zamora y en el interior de Portugal. Se entiende así que muchos vecinos del lugar, que perdieron sus hogares, se consuelen pensando que volvieron a nacer, que están vivos para contarlo y que con el tiempo desaparecerá el susto que aún tienen en el cuerpo.

Galicia tiene una larga y dramática tradición de “accidentes” en talleres pirotécnicos, pero años, tal vez más de una década, que no sucedía nada similar a lo que aconteció la tarde del día 23 de mayo en el Baixo Miño pontevedrés. Habrá que esperar a la investigación judicial, que ya está en marcha, para que sepamos cómo pudieron llegar a almacenarse en un galpón kilos y kilos de material explosivo, sin las más mínimas medidas de seguridad. Otra incógnita a despejar es, dado que no está nada claro, si los vecinos eran o no conscientes y aceptaron el riesgo de estar conviviendo con un auténtico polvorín a escasos metros de sus casas, con la que tenía de amenaza cierta para sus vidas y haciendas.

En otros casos anteriores, en la mayoría, se trataba de instalaciones, legales o no, de cuya existencia tenían conciencia o constancia los habitantes de los núcleos de población más próximos. En ocasiones se habían formulado denuncias ante la peligrosidad de las pirotecnias en cuestión. Más de un percance se habrá evitado gracias a la clausura del taller o a la adopción de medidas para reforzar la seguridad tanto de los trabajadores como del vecindario, que no pocas veces tendía a hacer la vista por no perjudicar a los dueños o en aras de una convivencia en paz.

Hay que quedarse con el aviso que lanza la patronal gallega de los pirotécnicos que actúan dentro de la ley. Todos los fines de semana se lanzan al aire centenares de bombas de palenque en pueblos y aldeas gallegas (ya no es tan habitual en las ciudades a no ser en el extrarradio). Pues bien, un alto porcentaje de ese material resulta ser ilegal, porque no se ha notificado a la autoridad competente. Y buena parte parte de él lo fabrican, lo almacenan y lo venden personas a título particular, clandestina o irregularmente y, por tanto, sin los preceptivos controles de seguridad. Es habitual que esas personas hayan trabajado en empresas pirotécnicas, que por tanto tienen una idea más que ligera de quién les hace competencia desleal.

A los fabricantes legales -que dicen estar perfectamente controlados- no les gusta la expresión, sin embargo es evidente que hay un peligroso mercado negro. Existe y va creciendo en gran medida por la irresponsabilidad de quienes se ganan así la vida y gracias también a la doble complicidad de los vecinos que no los denuncian y de los compradores de un material del que conocen la procedencia irregular. Tal vez por eso en este caso no ha habido un estallido de indignación contra el responsable directo de la explosión, sino un dolor sordo que ni siquiera se acompaña de la habitual reclamación de responsabilidades a la autoridad competente, que la hay.

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