Hay Lores para rato

Después de casi veinte años en el cargo, Miguel Anxo Fernández Lores aspira a un quinto mandato como alcalde de Pontevedra. Su precampaña ya está en marcha. La lanzó en una multitudinaria cena con unos dos mil militantes y simpatizantes del Benegá y con el estreno de un videoclip, titulado “Adiante Pontevedra”, en el cual pone voz al mensaje de continuidad con el que se presenta ante una ciudadanía pontevedresa que, ideologías al margen, reconoce ampliamente su gestión. La impresión en la calle y en los cuarteles generales de todos los partidos coincide con los estudios demoscópicos en que volverá a ganar las elecciones locales con un amplio margen sobre sus rivales. Salvo imprevistos o imponderables, hay Lores para rato. Lo que está por ver es si alcanza la mayoría absoluta, algo que nunca consiguió y que constituye su más ansiada aspiración.

En su entorno existe el convencimiento de que la de 2019 será su última campaña electoral como alcaldable. Si “recunca”, acabaría la legislatura con sesenta y ocho de edad. Eso no quiere decir que en ese momento vaya a apartarse por completo la vida pública. Lores ha confesado más de una vez su apasionada vocación política, si bien él mismo matiza, siempre que tiene ocasión, que uno puede “estar políticamente activo” sin necesidad de ocupar cargos institucionales ni orgánicos. Lo que parece casi descartado es que vuelva algún día a ejercer la medicina, su profesión, no menos vocacional.

Pase lo que pase en las próximos comicios, de aquí a un año Lores se habrá convertido en uno de los alcaldes urbanos más longevos de Galicia. Sólo le supera el coruñés Paco Vázquez, que ostentó durante veintitrés años consecutivos el bastón de mando. Los analistas encuentran unos cuantos paralelismos en las ejecutorias de Lores y Vázquez. Nacionalista el uno, socialdemócrata el otro, ambos gobernaron (o gobiernan) sus respectivos ayuntamientos gracias al apoyo de sectores ciudadanos esencialmente conservadores, que en elecciones generales, autonómicas o europeas votan al centro derecha, al Partido Popular. Es obvio, por tanto, que sus respectivos tirones electorales estaban (o están) muy por encima de las siglas de los partidos a los que pertenecen.

Otro parecido razonable entre Lores y Vázquez es que han sido capaces de crear un perfil individual muy marcado, con un sesgo si no populista, al menos un tanto caudillista, lo cual les hace atractivos para sus respectivas clientelas pero dificulta enormemente encontrar relevos con unas mínimas garantías de éxito. Más que políticos son “marcas políticas”, cuya reputación social es personal e instransferible y por tanto no la puede heredar nadie, por más cercano que haya estado al líder.

También tiene Lores algo en común con el alcalde de Vigo, Abel Caballero, otro que parece dispuesto a eternizarse en el cargo (está completando su tercera legislatura). Es el interés por evitar que el PP de Alfonso Rueda recupere la Diputación de Pontevedra. Caballero y Lores sellaron un pacto en 2015 que, sobre la base del respeto mutuo, de no pisarse la manguera, se concretó en un reparto del poder provincial: pusieron a sus respectivos números dos como presidenta (Carmela Silva) y vicepresidente (César Mosquera) y la entente funciona más que aceptablemente. Ambos creen que en 2019 mantendrán ese bastión.

En la cúpula del Benegá están encantados con Lores. No les faltan motivos: permite a la organización frentista ostentar la alcaldía de una de las ciudades gallegas y es el gran referente del modelo nacionalista de gestión local. Y encima no enreda en la política orgánica. Participa en los debates internos, tiene criterio propio y ascendiente sobre determinados sectores, pero siempre fue y piensa seguir siendo leal al portavoz nacional de turno. Que se lo pregunten a Ana Pontón.

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