En memoria de una injustamente olvidada víctima de ETA

Ahora que al fin se escribe el epílogo de la negra historia de ETA es de justicia recordar que la primera página la rubricó con su sangre inocente un gallego, el guardiacivil coruñés José Antonio Pardines Arcay. A principios de junio de 1968, él fue, por accidente, la primera víctima mortal de la organización terrorista vasca. Lo asesinó un comando que viajaba en un vehículo que levantó las sospechas de los agentes cuando llevaban a cabo la regulación de tráfico en una carretera local a su paso por el municipio guipuzcoana de Aduna, a dieciocho kilometros de San Sebastián. Pardines intuyó que podía tratarse un coche cuyo robo se había denunciado unos días antes. A bordo de sus motos, los guardiaciviles persiguieron el Seat 850 hasta darle el alto. Cuando estaba comprobando si la matrícula era falsa, uno de los etarras disparó a José Antonio por la espalda y se seguró de rematarlo en el suelo.

Medio siglo después de su trágica muerte, poco gente recordará ya en Malpica de Bergantiños a un hijo y nieto de guardiaciviles, a cuya memoria viene a hacer justicia un libro de reciente aparición, titulado “Pardines, cuando ETA empezó a matar” y editado por Tecnos. Sus autores, el historiador Gaizka Fernández y el periodista Florencio Domínguez, pretenden rescatar de un más que injusto olvido a alguien que, celoso cumplidor de su deber, dio su vida en acto de servicio y sin pretenderlo propició la inmediata desarticulación del comando y la muerte de su asesino, Txabi Etxevarrieta, quien sí ha merecido los honores de un protomártir para el mundo mundo etarra.

Un centímetro apenas pudo haber cambiado el destino de la primera víctima de ETA. Su metro sesenta y seis centímetros de estatura superaba por muy poco la talla mínima exigida para ingresar en la Benemérita. Pese a los vínculos familiares con el Cuerpo, carecía de vocación. No era, ni mucho menos un buen estudiante. La precaria situación familiar le apremiaba a buscar una salida profesional, nada fácil en una comarca tan deprimida como la de Bergantiños en plena postguerra. Por eso se hizo guardiacivil, se formó en Barcelona y aceptó ser trasladado de Asturias al vecino País Vasco, cuando el terrorismo no constituía aún una amenaza seria.

Hasta aquel junio del revuelto 68, los encontronazos entre etarras y policías o guardiaciviles se resolvían a puñetazos o como mucho a pedradas. Sin embargo, ETA ya tenía tomada la decisión de utilizar las armas para “eliminar” objetivos muy concretos y determinados, como los jefes de la temible Brigada Político Social de San Sebastián y Bilbao, Melitón Manzanas y José María Junquera. La idea era “ejecutarlos” como cabezas visibles de la maquinaria represora del franquismo, responsable detenciones y torturas de “patriotas vascos” en Euskadi. Esa primeras acciones “selectivas”, y más tarde el magnicio de Carrero Blanco, le sirvieron a la banda terrorista para ganarse la simpatía -incluso la complicidad activa- de una parte de la oposición al Régimen.

El libro de Fernández y Domínguez desvela con detalle el trágico final de varios de los protagonistas de aquel triste episodio que le costó la vida, con sólo 25 años, a José Antonio Pardines. ETA falseó lo ocurrido. No quiso reconocer lo injustificado de aquel asesinato. Dijo que Etxebarrieta actuó en defensa propia, que el joven guardia le disparó primero, cuando ni siquiera desenfundó el arma, que seguía en la funda cuando el juez ordenó el levantamiento del cadáver. Justificar sus crímenes, criminalizar a las víctimas, y en general crear relatos ajenos a la realidad o tergiversar la historia a su conveniencia han sido prácticas habituales de la banda terrorista vasca. Lo fueron desde sus orígenes hasta hoy mismo, cuando firma su acta de defunción, de disolución definitiva, sin reconocer su derrota.

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