Entre lo malo y lo peor

Poniendo la venda antes de la herida, y con esa flema que le caracteriza, Mariano Rajoy recuerda que a veces un gobernante se ve abocado a elegir entre lo malo y lo peor. Esa fue su declaración de intenciones al ser preguntado el otro día sobre la posibilidad de que las comunidades que acudieron al Fondo de Liquidez Autonómica (el célebre FLA) para financiarse vean condonada una parte de su deuda con el Estado. El presidente del Gobierno cree que hizo lo que debía al evitar, con dinero de la caja común, que quebrasen varias de las autonomías más endeudadas, empezando por Cataluña. En su opinión, esas quiebras, en el contexto de una crisis aguda, podrían haber arrastrado al conjunto del país al abismo del “default” y al tan temido rescate.

Seguro que a Rajoy, que tanto presume de sentido común, no se le escapa que una medida de ese tipo es “mala” para Feijoo y la Xunta (por tanto para el Pepedegá) y aún “peor” para Galicia y los gallegos, por lo que tiene de desconsideración y de agravio, respectivamente. Desde aquí, cuesta entender que un “gobierno amigo”, el del PP, encabezado por un paisano nuestro que presume de galleguidad, actúe en contra de los intereses de una tierra que es la suya y que lo vota mayoritariamente sin exigir contraprestaciones y de un presidente regional que le tiene más que acreditada una lealtad a toda prueba.

Feijoo llevó a cabo una política de severos ajustes del gasto público para que Galicia cumpliera con los objetivos del déficit marcados en el Programa de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera de las Administraciones Públicas. Don Alberto sacaba pecho aquí y en Madrid porque la comunidad gallega era de las pocas que iban haciendo los deberes en eso de apretarse el cinturón. La oposición le tildaba de campeón de la austeridad. Más de una vez le reprochó que no recurriera al FLA, como hacían otros, para no tener que recortar en servicios básicos, en salarios de los empleados públicos o en inversiones. Pero él siguió en sus trece.

Si la idea de la quita sale adelante, Feijoo queda en evidencia ante sus rivales políticos y, ante los ciudadanos de a pie, a quienes vendió que a la larga los recortes del gasto, y sobre todo no pedir al Estado dinero prestado, era lo mejor para Galicia, dando a entender que el apretarse el cinturón y cuadrar las cuentas permitiría a la administración autonómico sufrir por menos tiempo las estrecheces y a la larga el Estado premiaría ese sacrificio. No parece que la aplicación a rajatabla de la regla de gasto haya sido mala o contraproducente para la comunidad gallega. Sin embargo, ahora sabemos que una parte del sufrimiento por las políticas “austeritarias” nos lo pudimos haber ahorrado.

Aunque las espadas todavía están en alto, Rajoy y Montoro parecen decididos a perpetrar una injusticia para con las autonomías cumplidoras del déficit y dejar en evidencia a algunos de los barones regionales de su propio partido con mando en plaza, empezando por Feijoo y Cifuentes. Cuesta creer que ese sea el propósito, pero sin duda la reestructuración de la deuda autonómica tiene un efecto colateral: daña la credibilidad en sus propios feudos –y por lo tanto una parte de los activos políticos- de dos de los más firmes candidatos a la sucesión de Don Mariano. Que los presidentes de Galicia y Madrid pierdan fuelle en esa carrera de fondo beneficia a otros personajes que anidan en los aledaños de La Moncloa. Eso es lo obvio.

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