Un “monstruo” apodado “El chicle”

La mujer barbuda, el hombre con dos cabezas, la niña con cuatro piernas… Hasta no hace tanto los monstruos eran uno de los principales atractivos de los espectáculos circenses. Cada circo que se preciase debía tener una o varias de esas monstruosidades, o fenómenos de la naturaleza, que ofrecer al público. Casi siempre los espectadores se quedaban con la duda de si eran figuras reales o impostadas, pero su capacidad de convocatoria superaba en todo caso a la de los mejores contorsionistas, equilibristas, domadores, ilusionistas o payasos. Eran la salsa del negocio. Los empresarios se los rifaban. Y las más de las veces sus propias familias obtenían pingües beneficios de la exhibición pública de tales aberraciones naturales.
Pues bien, el gran circo mediático español ya tiene su propio monstruo: José Enrique Abuín, alias “El Chicle” o “Chikilín”, autor confeso de la desaparición y muerte de la joven madrileña Diana Quer. Durante varios meses, en la arena de los platós de televisión, en la prensa y en la radio su historia personal y familiar, sus andanzas, sus gustos, sus aficiones, sus manías y en general todo cuanto tenga relación con su personalidad de presunto criminal será diseccionado públicamente con minuciosidad, sin escrúpulos ni miramientos. Porque así es como funciona la gran trituradora de carne humana en que se ha convertido la información de sucesos en la mayoría de los grandes medios audiovisuales españoles.
De monstruo, con todas las letras, ha etiquetado a Abuín su propia madre, incapaz de contener el dolor y la rabia al tener conciencia de que había traído al mundo, cuarenta y uno años atrás, a un individuo con tendencia a agredir sexualmente a mujeres y capaz de darles muerte si con ello evitaba ser descubierto. Ella sirvió en bandeja la carnaza. La buena señora tuvo que responder, en caliente, con su hijo detenido y el cadáver de Diana recién descubierto, a las más incómodas preguntas de los reporteros que sitiaron la casa familiar. Respondió con una dignidad tan enternecedora como contundente, que encogía el alma al “sufrido” telespectador. Y, llevada por la desesperación, llegó a desear la muerte de su vástago, algo antinatural en cualquier madre, pero ideal para alimentar el aquelarre mediático.
Estamos una vez más al borde del precipicio por el que se despeñó el prestigio social de la televisión generalista. Fue en aquel aciago enero de 1993, cuando Nieves Herrero alumbró la “telebasura” con un especial sobre el crimen de las niñas de Alcasser en la recién nacida Antena 3. Sin que se hayan apagado aún los ecos del caso Asunta, también acaecido en Galicia, asistimos ahora a un carrusel de horas y horas de programación televisiva sobre un crimen no tan horripilante como aquel y el guion se repite. En esta ocasión los focos del insaciable “interés informativo” están situados sobre la figura de “El Chicle” y su entorno familiar. Es de lamentar (y puede que también resulte un tanto sospechoso) que, también esta vez, a semejante espectáculo se estén prestando altos mandos policiales, prestigiosos magistrados y hasta reputados expertos forenses. Sus aportaciones son una atracción más del circo mediático y engordan al monstruo.
Lo decía Concepción Arenal. Ante una muerte violenta, como la de Diana Quer, lo suyo es odiar el delito y compadecer al delincuente. De vivir en estos tiempos, la célebre visitadora de cárceles seguramente repudiaría el tratamiento morboso de este tipo de asuntos. Y tal vez añadiría a su sabia máxima la conveniencia de proteger a las familias de los canallas del zarandeo mediático, antes y después de que caiga sobre ellos el peso de la Justicia. Los padres, los hermanos, los suegros, los cuñados y el resto de la familia de “El Chicle” bastante tienen con lo que se las ha venido encima, como para verse condenados, un día sí y otro también, a las inmisericordes penas de telediario, de magazine matinal y de irrespetuosos programas de investigación. Si quedan al margen de la acción judicial, no deberían ser sometidos al ajusticiamiento catódico.

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