Exito y fracaso del nacionalismo

Al Benegá como organización política no le fue nada bien, sobre todo en las áreas urbanas. Sin embargo, podría decirse que el nacionalismo gallego, en sentido amplio, salió bastante bien parado del envite del 24-M, si tenemos en cuenta que los nuevos alcaldes de A Coruña y Santiago son nacionalistas, al igual que centenares de concejales elegidos en diferentes candidaturas, entre ellas las promovidas por los sectores que abandonaron la casa común tras la asamblea de Amio. Bien mirado, las plataformas de unidad popular fueron de hecho las principales beneficiarias -aunque no las únicas- del voto perdido por el frentismo allí donde ambas opciones se confrontaron.

Que se lo pregunten a Xulio Ferreiro. Sus rivales, a un lado y a otro del espectro ideológico, coincidieron en resaltar su antigua vinculación a organizaciones estudiantiles y sindicatos de la órbita del Bloque, así como su posterior aproximación a Anova, el grupo de Xosé Manuel Beiras y Martiño Noriega. De ese modo intentaban poner en entredicho la supuesta transversalidad de la lista de la Marea Atlántica. Del futuro regidor coruñés se dijo algo así como que era un nacionalista camuflado al servicio de Podemos o incluso un submarino del nacionalismo radical.

No se debe confundir la desafección a unas siglas concretas, que puede tener las más diversas causas e incluso ser puramente coyuntural, con la repentina mutación ideológica de una amplia franja del electorado que, hasta anteayer como quien dice, permitió al Bloque ostentar las alcaldías de algunas ciudades gallegas o cogobernar con el PSOE en casi todas ellas y en la mismísima Xunta. En Galicia sigue habiendo muchos miles de ciudadanos que creen que esta comunidad es una nación, como Catalunya o Euskadi, con derecho a la autodeterminación y por tanto a decidir si quiere permanecer vinculada al Estado Español o cambia de estatus. Es evidente que para mucha de esa gente, el frente político que actualmente lidera Xavier Vence dejó de ser la única y ya ni siquiera es la principal referencia del ideario nacionalista.

Solo hay que asomarse estos días a la prensa digital cercana al nacionalismo para comprobar que dentro del Benegá se reaviva la llama del debate interno sobre si la organización frentista debe participar o no en candidaturas rupturistas en las que aúnen esfuerzos nacionalistas y no nacionalistas para garantizar que, tras las elecciones generales de finales de año, en el Parlamento español Galicia siga teniendo su propia voz. Ese constituiría el primer paso en una estrategia que debería tener continuidad de cara a las autonómicas de 2016, por ser el único modo de derrotar al todopoderoso Partido Popular, por muy en horas bajas que pueda estar.

Esa postura la defiende hasta donde puede un sector minoritario del Bloque, ante una hegemónica Upegá que se mantiene en sus trece, en contra de hacer frente común con partidos de obediencia estatal, tipo AGE o Mareas. Pero el 24-M, por lo paradójico de los resultados, marca inexorablemente un punto de inflexión que obliga a la familia nacionalista a reflexionar a fondo sobre la respuesta que requiere del frentismo el nuevo panorama general dibujado por las urnas. Si quien puede remediarlo no lo intenta, en muy poco tiempo el mapa político gallego podría ser el único en España dominado por el color azul del PP por culpa de personalismos y sectarismos, o por la ceguera interesada de quien no quiere ver lo que no le conviene, o no ve más allá de sus narices.

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