Divididos y cada vez más débiles

Este “Vintecinco de Xullo” puso en evidencia que el nacionalismo gallego vive un momento especialmente crítico. Está más dividido y más débil que nunca. Dos años y medio después, las heridas de aquella traumática asamblea de Amio, en Santiago, no solo no han cicatrizado, sino que se han abierto aún más, con grave peligro de infección. El enfermo está en la UCI. Saldrá de esta, pero le va a costar mucho recuperar la normalidad de sus constantes vitales y no digamos volver a exhibir el músculo de finales de años noventa y primeros dos mil, cuando, tras el “sorpasso” del Bloque al Pesedegá, fue capaz de liderar la alternativa a la hegemónica derecha que encarnaba Manuel Fraga y hasta marcar la agenda del debate político.

Ni los más pesimistas pensaban que se llegaría a una situación como la actual. El panorama del archipiélago en que se configura el nacionalismo es desolador, con un Benegá en horas bajas, relegado a cuarta fuerza y bajando, con un Compromiso por Galicia (CxG) que no cuaja porque non consigue conectar con su potencial clientela, el sector nacionalista moderado de centro izquierda, y con la Anova personificada en Beiras y Martiño Noriega en permanente convulsión interna y al borde de la escisión por la exitosa alianza electoral con Esquerda Unida-IU que cristalizó en AGE.

La del viernes fue la evidente demostración de la preocupante impotencia del nacionalismo para converger en una celebración conjunta, aunque no fuera del todo unitaria. Cada cual conmemoró el “Día da Patria Galega” por su lado, con manifestaciones, concentraciones y “xantares” en algún caso separados por apenas unos metros, pero marcando distancias. Sin embargo, y paradójicamente, los mensajes lanzados al aire festivo de Compostela apenas se diferenciaban, vistos desde fuera, y tuvieron como denominador común la constatación de la necesidad de un frente aglutinador, con vocación de mayoría social, que defienda los intereses de Galicia en un trance tan crucial. Pero ni una sola propuesta de cómo conseguirlo.

Entre los dirigentes de las distintas “familias” nacionalistas cunde el pesimismo. Visto lo ocurrido este 25 de julio, ya casi nadie cree posible a corto ni a medio plazo la reconstrucción de la unidad perdida, a pesar de que todos son conscientes de lo imprescindible que resulta ante la inminencia de los próximos procesos electorales, las municipales de mayo y unas eventuales generales adelantadas. A poca gente informada se le oculta que el nacionalismo gallego puede salir muy malparado de esas dos citas con las urnas. Existe el serio riesgo de que reducido a un papel marginal, si al PSOE le da tiempo de recomponerse y no acaba por pincharse el globo de “Podemos”.

La intelectualidad nacionalista “independiente” viene advirtiendo de que la incapacidad de entenderse de los líderes y referentes de las distintas organizaciones tendrá consecuencias letales para todo el entramado partidista. La mayoría de las siglas desaparecerán. Sin embargo, lo preocupante es el precio que Galicia como país puede pagar si no consigue tener una voz propia, que se oiga fuerte y clara, cuando soplan vientos recentralizadores y se están sentando las bases para una nueva correlación de fuerzas entre los poderes territoriales. Si se abre un proceso “reconstituyente”, corremos el riesgo de perder incluso el estatus de nacionalidad histórica. Y una cosa es no jugar la “Champions” y otra, descender a Segunda. Hasta Feijoo podría acabar lamentándolo.

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