Un nacionalismo kafkiano

La situación del nacionalismo gallego cada vez tiene más de kafkiana. Bordea el absurdo. Dividido como nunca lo estuvo, las grandes organizaciones que lo nuclean están sometidas a fuertes tensiones internas, al borde de la ruptura. Todo son contradicciones. Nada es lo que parece. Los papeles están trastocados. Así se desprende de lo que ha trascendido sobre el debate que tanto en el seno del Benegá como en Anova precedió al establecimiento de las respectivas coaliciones de cara a las elecciones europeas de mayo. En ambos casos, en el proceso asambleario y en la consulta a la militancia, hubo de todo menos unanimidad o cierre de filas. Se acentuaron significativamente las distancias que separan a las distintas corrientes o familias, diferencias ya casi insalvables en algún caso.

Nadie parece estar en el sitio donde querría estar. Demasiada gente se siente ahora mismo descolocada. En la formación de Beiras hay un amplísimo sector, el paradójicamente considerado oficialista, el que perdió el referéndum del domingo, que seguramente estaría más cómodo en la vieja casa común del frentismo que en su actual ubicación. Tienen como pudor en reconocer que tal vez se equivocaron cuando decidieron irse del Benegá, tras la asamblea de Amio. Más de uno también asume como un error todavía mayor haberse asociado a Esquerda Unida en AGE en lugar intentar en aquel propicio momento una aventura parlamentaria en solitario.

También en el Bloque queda alguna gente que está a disgusto o que tiene dudas de que ese sea el sitio adecuado para defender sus posiciones. Son las minorías que no comulgan con el soberanismo y con los planteamientos ideológicos de ultra izquierda que defiende la Upegá. Gente a la que no convence –por no decir que le desagrada- la alianza electoral con Bildu y con los catalanes de la CUP, porque preferirían acuerdos con partidos menos radicales, y desde luego que no evoquen el terrorismo. Estarían por seguir intentando una aproximación a los otros grupos nacionalistas gallegos de cara a presentar una lista conjunta al Europarlamento en lugar de coaligarse con formaciones vascas, catalanas o valencianas.

Los que dan la impresión de estar encantados son los de Compromiso por Galicia, los herederos del mal llamado “quintanismo”. Hicieron lo imposible por articular una candidatura cien por cien gallega, integradora, de base galleguista y de izquierda, sin demasiados matices para que cupieran todos los que quisieran estar. La propuesta no cuajó por muchas razones y a pesar de su generosidad. Así las cosas en CxG optaron por lo esperable: el tradicional acuerdo del nacionalismo moderado, con CIU y PNV, donde su papel será residual, por el escaso peso electoral que representan los de Bascuas, pero estarán ahí, con posibilidades de tener voz en Estrasburgo y Bruselas a través de sus compañeros de viaje.

A todo esto, donde reina el optimismo es en Esquerda Unida. Con o sin Anova, tienen garantizado un buen resultado en las europeas. Aunque harán lo indecible para mantener la plataforma, para nada les preocupa que AGE se rompa. Está en sus cálculos entrar con fuerza en los ayuntamientos gallegos y se ven con posibilidades de asumir gobiernos municipales de ciudades y villas en coaliciones de izquierda. Las autonómicas quedan lejos. Hay margen para rentabilizar el trabajo de sus diputados en O Hórreo, y en la calle. Ahí, en el liderazgo de los movimientos sociales, es donde concentrarán su esfuerzo, como siempre hicieron, aunque ahora tienen más eco mediático. Es una de las ventajas de ser una fuerza parlamentaria, que chupas cámara.

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